En 2016 publicamos en nuestra web dos artículos dedicados al control de la velocidad como herramienta fundamental para prevenir accidentes de tráfico. Han pasado ya diez años —que se dice pronto— y, durante este tiempo, tanto la normativa como los vehículos y la forma de entender la seguridad vial han evolucionado. Por eso, hemos querido revisar y actualizar aquellos contenidos para adaptarlos a la realidad actual.
La velocidad sigue siendo uno de los factores que más influye en la seguridad vial. No solo determina el tiempo que tardamos en llegar a nuestro destino, sino también nuestra capacidad para reaccionar ante cualquier imprevisto y la gravedad de las consecuencias en caso de accidente. Conducir a la velocidad adecuada puede marcar la diferencia entre evitar un siniestro o sufrir consecuencias irreversibles.
Conducir a una velocidad excesiva o inadecuada reduce nuestro margen de actuación, dificulta el control del vehículo y aumenta considerablemente el riesgo de sufrir un siniestro. Por ello, conocer los distintos tipos de velocidad y saber cuándo debemos adaptar nuestra conducción es fundamental para circular con seguridad.
¿Por qué es tan importante controlar la velocidad?
Los vehículos actuales son cada vez más confortables, silenciosos y seguros. Esa sensación de seguridad puede llevarnos, casi sin darnos cuenta, a circular más deprisa de lo recomendable o incluso a superar los límites establecidos.
Sin embargo, la física no entiende de tecnología. A medida que aumenta la velocidad, también lo hace la energía que debe absorber el vehículo en caso de impacto. De hecho, la energía cinética aumenta con el cuadrado de la velocidad, por lo que un pequeño incremento puede traducirse en un aumento muy importante de la violencia del choque.
Para hacernos una idea, un impacto a 100 km/h equivale aproximadamente a una caída desde unos 39 metros de altura, mientras que a 120 km/h equivale a una caída desde unos 54 metros. Apenas 20 km/h de diferencia representan un incremento muy importante de la energía del impacto y, por tanto, de la gravedad de las lesiones.
Además, una velocidad elevada reduce nuestro campo visual, produciendo el conocido efecto túnel, dificulta la percepción de los peligros situados en los laterales de la vía y disminuye nuestra capacidad para anticiparnos a cualquier imprevisto.
También aumenta la distancia recorrida durante el tiempo de reacción y la distancia necesaria para detener completamente el vehículo, especialmente cuando el pavimento está mojado, existe poca visibilidad o los neumáticos no se encuentran en buen estado.
¿Qué tipos de velocidad existen?
Cuando hablamos de velocidad en la conducción no siempre nos referimos al mismo concepto. Podemos distinguir varios tipos:
Velocidad máxima
Es el límite superior permitido para una determinada vía, fijado por la normativa o por la señalización existente.
Superar los límites de velocidad constituye una infracción que puede conllevar multas, pérdida de puntos e incluso responsabilidad penal en los casos más graves.
El Código Penal considera delito conducir:
- A más de 60 km/h por encima del límite permitido en vías urbanas.
- A más de 80 km/h por encima del límite permitido en vías interurbanas.
Estas conductas pueden ser castigadas con penas de prisión, multa o trabajos en beneficio de la comunidad, además de la privación del derecho a conducir vehículos a motor.
Velocidad mínima
Es la velocidad por debajo de la cual un vehículo puede entorpecer la circulación del resto de usuarios.
Con carácter general, está prohibido circular sin causa justificada:
- A menos de 60 km/h en autopistas y autovías.
- A una velocidad inferior a la mitad de la velocidad máxima genérica establecida para esa vía, en el resto de carreteras.
No obstante, estas limitaciones no se aplican cuando existan circunstancias que obliguen a reducir la velocidad, como retenciones, obras, niebla, lluvia intensa, nieve, hielo o cualquier otra situación que comprometa la seguridad.
Velocidad anormalmente reducida
Se produce cuando un vehículo circula por debajo de la velocidad mínima sin una causa que lo justifique, dificultando la circulación del resto de usuarios.
Si un vehículo, por avería u otra circunstancia, no puede alcanzar la velocidad mínima exigida y existe riesgo de alcance por parte de otros vehículos, deberá advertirlo utilizando la señal de emergencia (luces de emergencia) cuando proceda, además de adoptar las medidas necesarias para no crear una situación de peligro.
Velocidad excesiva
Es aquella que supera el límite máximo permitido para la vía.
Se trata de una de las infracciones más vigiladas por la Dirección General de Tráfico debido a la estrecha relación existente entre la velocidad y la gravedad de los accidentes.
Velocidad inadecuada
Es aquella que, aun respetando el límite legal, no se adapta a las circunstancias del momento.
Por ejemplo: Circular a la velocidad máxima permitida con lluvia intensa; hacerlo con niebla o escasa visibilidad; aproximarse demasiado rápido a un paso de peatones; entrar en una curva sin reducir suficientemente la velocidad o circular por una zona con elevada presencia de ciclistas o peatones.
En todos estos casos podemos estar circulando dentro del límite legal y, sin embargo, hacerlo de forma insegura.
Velocidad adecuada
Es aquella que permite mantener en todo momento el control del vehículo y detenerlo dentro del espacio visible y libre de obstáculos.
Para determinar cuál es la velocidad adecuada debemos valorar, además del límite establecido, factores como:
- El estado de la vía.
- Las condiciones meteorológicas.
- La intensidad del tráfico.
- La visibilidad.
- El estado del vehículo y de los neumáticos.
- Nuestro propio estado físico y mental.
En definitiva, respetar el límite de velocidad es obligatorio, pero no siempre suficiente. La conducción segura exige adaptar continuamente nuestra velocidad a las circunstancias de cada momento.
La velocidad y la seguridad vial
La velocidad continúa siendo uno de los principales factores concurrentes en los siniestros de tráfico y está estrechamente relacionada con la gravedad de las lesiones que se producen en ellos.
Por ello, la Dirección General de Tráfico desarrolla de forma periódica campañas de vigilancia y concienciación dirigidas especialmente a las carreteras convencionales, donde se produce un elevado porcentaje de los accidentes más graves.
Conducir unos kilómetros por hora más despacio puede marcar la diferencia entre evitar un accidente o sufrir consecuencias irreversibles.
En definitiva, la velocidad adecuada no es necesariamente la máxima permitida, sino aquella que nos permite controlar el vehículo en cualquier circunstancia.
Conducir con prudencia significa respetar la señalización, anticiparse a los riesgos y adaptar continuamente la velocidad a las condiciones de la vía, del tráfico, del vehículo y del propio conductor.
Solo así conseguiremos una conducción más segura, más eficiente y más respetuosa con el resto de usuarios de la vía.


